OPINIÓN CINEXÉTICA
Una forma de caza diferente, una maravillosa forma de caza
Rafael Lurueña Delgado

Recuerdo la primera ocasión en la que me acerqué hasta aquellos lugares mas allá de Pedrafita, pues si bien el visitar constantemente zonas de León me hacía conocer los paisajes -totalmente distintos a lo que tenemos de Madrid hacia el sur- una vez pasado Benavente, desde el principio quedé enamorado del color verde de Galicia, amor por un color y unos paisajes, que luego tuvo que compartirse con su gastronomía, su cultura y sus gentes.

Una preciosa variedad de núcleos de población diseminados y estructurados en parroquias, te hacen sentir diferente cuando cazas en Galicia. Sensación de estar siempre protegido, a la vez que desbordado por la inmensidad de sus bosques intercalados de pinos, castaños, robles o abedules. Montañas en las que se mezcla la dureza de una jornada de caza, con la majestuosidad y la belleza de cada ladera. Galicia enamora, y cuando te preguntas si es por sus montes, por su tranquilidad, por el carácter afable de sus anfitriones, o por su particular forma de disfrutar socialmente una caza, entre compañeros, entre amigos, entre compadres que disfrutan de sus jóvenes, entre esos cazadores que orgullosos van acompañados de su hijo, “xove monteiro” que te asombra cuando te enseñan que la caza es un trabajo de todos para todos y te hace valorar como él ha aprendido que en ella cuentan hasta los pequeños detalles, realmente no quieres encontrar respuesta. Lo único que quieres cada vez que metes la mano en el bolsillo y sacas para cualquier cosa la ya veterana navaja de Taramundi, es volver a disfrutar de algo, que a pesar de encontrarse a doscientos, quinientos u ochocientos kilómetros, no olvidas, una forma de cazar tan diferente como maravillosa, unos montes y unas gentes, que pasan a ser una necesidad en las vidas de todo aquel que los ha conocido.

Cuadrillas y perros, montes de tojos, especies y caza. Esos beagle, bloodhound o algún “sabuxo” español en ocasiones, esos grifóns niverneses o azuis de Gascuña en otras. Las batidas en Portomarín o en Montefurado, tan distintas a las de otros lugares, tan exigentes en las distribuciones de funciones y la colaboración de todos, tan sociales, tan sinceras en su compañerismo, en la camaradería que cada vez más frecuentemente se pierde en otros lugares. En Galicia, en su humilde forma de cazar su “xabarín”, participan en mayor o menor medida todos los componentes del grupo, ejerciendo cada uno determinadas funciones, sus funciones. Es la base de la caza y es como debería ser siempre la caza. Y cuando las batidas terminen, pasado el invierno, volveremos de nuevo. La primavera nos llevará a Monforte, Becerrea o Monterroso, donde poder disfrutar de nuevo, ahora con los recechos. Poder conocer y vivir la cazar en Sarria, Betanzos, el Alto Miño, A veiga o Monte de Xares, es un privilegio que no se puede valorar hasta que se conoce realmente. Disfrutar de la inmensidad mezclada con la paz de A Fonsagrada, donde volviendo año tras año no dejas de encontrar nuevos parajes, es algo difícil de valorar. Y en el rececho, como en sus batidas, Galicia es diferente. Solo cazarás si eres cazador, si eres amigo. La comercialización que arruina otras zonas, el egoísmo, la búsqueda de grandes trofeos y el ansia por abatir animales solo por abatirlos, no ha llegado a Galicia, allí están de suerte.

Solo un aspecto entristece cuando tu mente vuela hacia Galicia. Ancares, la gran escuela que forma a los cazadores de rececho, duro, maravilloso, un paraíso donde enfrentar al cazador con la naturaleza, se está perdiendo. Aunque sus paisajes y sus pueblos se mantienen, sus poblaciones cinegéticas ya no son las de antes, su esplendor cinegético ya no es el de antaño. La distancia provoca desconocimiento y no entiendes que es lo que sucede cuando vuelves y vuelves, viendo que las cosas empeoran y ya no es como antes. Preguntas a los amigos, hablas con los paisanos, pero no terminas de encontrar respuestas ni soluciones que te animen a ver que un futuro mejor llegará para Ancares, ese Ancares donde tanto has aprendido y que tanto añoras. Entonces, mientras en tu mente tienes el Mostallar, Tres Bispos o la Campa de Penarrubia, sonríes recordando todas esas expresiones que nunca logras aprender y que aunque lo hicieras, jamás lograrás pronunciar con ese tono particular de los gallegos, xabarineiros, bañadoiros, rastrexo, emprazamento, ferrollo, comedeiro, mancado, coitelo, ferramenta, cazadeiro, porquería, palleirán, o tantas otras. A la vez, te planteas que fin de semana volverás para aprovechando el viaje, comprar una nueva navaja de Taramundi, que esta que tienes, regalo de un gran cazador, ya empieza a estar muy vieja.

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