OPINIÓN CINEXÉTICA
La recova de podencos para la caza menor
Manuel Pedrosa

De la recova

Hay dos maneras de hacerse con una recova de podencos para salir a cazar. La primera y más fácil consiste en ir recopilando perros con aspecto de podenco y echándolos en un patio o corral, alimentados con sobras de carnicería y panadería, para sacarlos estrictamente los días de caza, en la creencia, no del todo falsa, de que el podenco caza sin adiestrarlo.

El día que los saquemos, formaremos una fiesta en el campo de carreras desordenadas, voces llamando a perros que se pierden y tropezones con otros que no se retiran de los pies. De esta manera es posible que, a pesar de todos los impedimentos que les ponemos a los animales, salga algún perro con dotes para la caza, que lleve la voz cantante del grupo y se consigan mover algunos conejos y liebres en sitios con relativa abundancia. El podenco es tan agradecido, que aún a pesar de esta forma de criarlos, que lejos de ser esporádica es más bien la más común, da el avío en el campo muchas veces. Se solapa en este caso el hecho de que a mayor abundancia de perros es mas frecuente que tropiecen con alguna pieza o que otras se vayan levantando a nuestro paso huyendo de la algarabía que llevamos, por lo que puede parecer que llevamos un equipo canino de caza en toda regla. Si además. “podamos” de vez en cuando nuestro jardín de perros, quitando los que claramente no cacen y metiendo nuevos cachorros que los sustituyan, podremos, por este procedimiento de prueba y error mejorar en algo nuestra rehala.

Podemos estar seguros, si seguimos esta fórmula, que muchos de los perros descartados, quizás hubiesen sido buenos e incluso excepcionales perros de caza si hubiesen tenido un trato mas adecuado y que, de los perros con los que nos quedamos, no hay garantía alguna de que transmitan sus bondades a sucesivas generaciones.

La otra manera de criar podencos, de la que soy partidario, es empezar con un cachorro o una pareja e irles proporcionando un adiestramiento racional, a la vez que mucho contacto con nosotros.

Elegiremos cachorros de líneas de podencos con características genéticas muy marcadas, donde veamos una morfología auténtica de podenco, ligero y de proporciones cuadradas, con orejas enveladas y siempre alerta, extremidades bien aplomadas, mirada penetrante y franca, que no presenten miedos al acercarnos a ellos, con la cola en sable, sin enroscar del todo y siempre hacia arriba, ni excesivamente corta ni larga. Deben ser perros de movimientos rápidos, casi eléctricos, alegres y descarados. Y, a ser posible, que veamos cazar bien a los padres, que deben guardar similitud física con los cachorros, lo cual es prueba de genética bien implantada. Y cuando decimos cazar hablamos de las tres partes de la caza: búsqueda, disparo y cobro, no sólo la búsqueda, que puede ser excelente en perros con miedo a los tiros o que no cobren. Si elegimos perros totalmente blancos, hay que mirar bien que no presenten caracteres de albinismo: ojos excesivamente claros y sordera, entre otros.

En cuanto a la talla, me inclino por el podenco mediano, por ser más polivalente y, aunque siempre hay excepciones, más resistentes a las condiciones climáticas duras y a sucesivos días de trabajo. Descartemos la talla grande para caza menor, por ser más inmanejables y a veces pendencieros con otros perros o entre ellos mismos, a parte del mayor gasto alimenticio que suponen y el mayor espacio que necesitan.

Con estos mimbres en la mano, si además dedicamos un poco de tiempo a nuestros cachorros, le damos de comer el mejor pienso compuesto para que desarrollen correctamente y disponemos de un terreno para campearlos con una mínima abundancia de conejos, tendremos altísimas probabilidades de éxito. Posteriormente y si lo deseamos y tenemos sitio adecuado, podremos ir incorporando nuevos cachorros a nuestra recova en años sucesivos, hasta llegar a tres o cuatro, más que suficientes para no dejar ni un hopo por donde pasen, si son podencos como deben ser. Lo del escalonamiento en edades es para que no nos ocurra como a aquellos equipos de fútbol que se le jubilan toda la plantilla el mismo año, viniendo después un tiempo de penurrias. En una rehalilla de tres o cuatro perros, debe haber, a mi parecer, un solo macho para que no haya trifulcas y hembras las demás. Si solo mantenemos uno o dos que se hayan criado juntos, da igual el sexo de los componentes. Casualmente, los mejores y más efectivos equipos de podencos que he visto siempre han sido de dos machos o dos hembras.

Del adiestramiento.

La fase crítica en la formación de nuestro podenco es la comprendida entre la separación de la madre y los siete u ocho meses de edad. En ese tiempo, o al menos hasta los cinco o seis meses, procuraremos estar en estrecho contacto con él a diario, manoseándolo, jugando, sacándolo de paseo con la correa una vez correctamente vacunado, en definitiva, sociabilizándolo. Lo acostumbraremos a ruidos imprevistos, progresivamente, dando alguna palmada fuerte o golpe con el plato en el suelo a la hora de comer y haciéndole ver como cosa natural que los humanos somos ruidosos, cosa que le vendrá bien como prevención al miedo a los disparos. Ni se nos ocurra llevarlo a una sesión de tiro al plato o similar, ya que lo podemos desgraciar para siempre. Y mucho menos pegarle. El podenco suele ser extremadamente listo y bastará una mirada seria o levantar al animal hasta la altura de nuestros ojos con un NO rotundo para que comprenda que ha hecho algo malo.

A partir de los tres meses comenzaremos los campeos, dos o tres veces por semana y en sesiones progresivas en duración –entre veinte minutos y un par de horas- y dificultad de terreno. Elegiremos zonas alejadas de carreteras y otro tipo de peligros. Primero los campearemos por terrenos abiertos con algunas matas y con rastros de conejos, dejándolo que investigue y dé carreras para generar musculatura, a la vez que aprende a moverse con soltura por entre matorral y pequeños desniveles, cada vez de mayor dificultad. Cuando veamos que ya corretea ampliamente por terrenos abiertos, despegándose algunas decenas de metros de nuestro lado, lo meteremos en matorral espeso, metiéndonos delante nosotros si es preciso, ayudados de un buen bastón para abrir matas y, si es posible, en zona donde podamos tropezar con algún conejillo. Hoy día es factible que nuestro coto, con un adecuado plan técnico, tenga zonas declaradas de campeo de perros para estos menesteres. Muy importante es que cuando veamos que el cachorro se aleja en exceso – mas de cincuenta o sesenta metros -, inmediatamente cambiemos nuestra dirección de marcha o nos ocultaremos para que nos busque. Así aprenderá a ir cazando y a la vez pendiente de donde estamos. En esta edad somos su madre adoptiva y lo más importante para ellos es no perdernos de vista. Nunca acostumbrarlos a ir tras ellos a buscarlos, sino al revés, que nos busquen ellos a nosotros.

Cuando ya el perrillo, con cinco meses, está correctamente musculado y sabe moverse con soltura por el matorral, podemos ponerle por delante un conejo, bien en un coto intensivo o, si no lo tenemos a nuestro alcance, usaremos uno de granja, tapado con alguna caja con rendijas y ramas encima para que el perro lo detecte, pero que no pueda llegar a él. Así se picará más. Le dejaremos que de vueltas alrededor y hasta salga latiendo de parado al conejo. Repetiremos esta operación un par de veces o tres como máximo, distanciadas algunos días. Y en la última, detonadora en mano, dejaremos libre al conejo para que lo corretee, disparando al aire cuando esté en plena persecución o en el momento en que lo atrape. De esta manera asociará el disparo al emboque del conejo. Lo ideal es que escuche el primer tiro cuando ya sabe lo que es un conejo y cuando vaya corriendo tras uno de ellos. No sería mala inversión en aquellas sociedades de caza que tengan cierto número de aficionados a perros conejeros, la construcción de un cercado o picadero de unos mil metros cuadrados, y con malla metálica bien enterrada, donde disponer varios montones de palés y ramas, con agua y comida para que vivan allí permanentemente una media docena de conejos silvestres. Adelanta mucho a los cachorros el darles dos o tres sesiones en uno de estos picaderos, durante sus primeros cinco meses de vida.

La base del adiestramiento del podenco es que el cachorro comprenda que somos su jefe de grupo y que venga inmediatamente cuando lo llamemos. Lo demás es campo y, como decía el escultor, quitarle lo que le sobra para modelar el gran perro de caza que lleva dentro. Potenciaremos su iniciativa, sin aburrirlo con ejercicios repetitivos como intentar enseñarle el cobro o el “quieto”, con lo que sólo conseguiremos que rechace las sesiones en nuestra compañía. A un podenco nunca se le olvida quién lo crió si éste lo hizo bien, dándose el caso de perros que cazan de manera excelente con su dueño y luego no lo hacen al cambiar de propietario. Si logramos que nos identifique como su jefe de grupo, nos cobrará luego las piezas a la perfección, incluso corriendo hasta nosotros para que no se las quite otra perro. Debemos alternar las salidas individuales del cachorro con algunos campeos del grupo completo, para que el nuevo miembro se vaya integrando correctamente con el mismo. No obstante, las sesiones mas importantes para su desarrollo como perro de caza, siempre serán individualmente.

Un buen podenco, desde mi punto de vista, debe adiestrarse en primer lugar para su pieza favorita, que es el conejo, porque ello conlleva que el perro aprenda bien a matear, a usar todos sus sentidos y a sacar la astucia e instinto que requiere esta caza. La codorniz salvaje, supone otra buena escuela si pensamos dedicar a nuestro perro también a la pluma. Las liebres y perdices son para él piezas más fáciles, una vez correctamente domado. Un podenco joven no se debe meter en terrenos abiertos porque se acostumbra a lo sencillo y a cazar de vista más que de olfato. Tiempo habrá cuando ya domine el conejo y esté correctamente domado, a partir de su segunda temporada de caza, de meterlo luego a perdices que reconocerá como nueva pieza de caza en cuanto le matemos la primera y consiga embocarla, cosa que puede suceder perfectamente en cualquier arroyo o manchón mientras cazamos conejos. Un truquillo: cuando llevemos a conejos a nuestros podencos, le quitamos el collar para que no le moleste entre la espesura y cuando vayamos a pluma, se lo ponemos. A las tres o cuatro veces, observaremos que nuestro podenco sabe perfectamente lo que esto significa y se comporta ex profeso.

Hay un antiguo dicho, que resume lo que aquí se ha tratado en pocas palabras. Para llegar a tener buenos podencos de caza menor hacen falta las cuatro “Ces”: Casta, Cariño, Campo y Caza.

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