OPINIÓN CINEXÉTICA
El paraiso existe
Manuel martínez Casal

En un lugar de la Mancha cuyo nombre nunca olvidaremos tuvo lugar la siguiente experiencia cinegética que paso a contarles , espero que os guste:
Allá por el mes de Septiembre surge la idea entre un grupo de cazadores amigos de intentar organizar una excursión cinegética como regalo de Navidad, pronto cuajó la idea y a los pocos días ya estaba el grupo confeccionado, incluso con lista de espera como la Seguridad Social. Quedaba mucho por hacer, mejor dicho todo, y el destino una vez más, ya van tropecientas, quiso que fuese yo quien me encargase de casi todo.

Tras las primeras “tomas de contacto” fuimos viernes tras viernes, en el bar de costumbre, desechando opciones. Algo que parece muy fácil se torna complicado cuando asumes la responsabilidad de no defraudar a tus compañeros. Usar todo tipo de artimañas e incluso abusas de la confianza de algún amiguete para intentar no equivocarte desde la distancia. Una vez todo listo, transporte, documentación, alojamiento y nuestros inseparables perros el 5 de diciembre iniciamos nuestra aventura.

Tras diez horas de viaje, que se hicieron cortas por el buen ambiente reinante, y alguna que otra confusión vial en la que nos metió el “Tom-Tom” de ahí su nombre llegamos a nuestro destino. Allí nos esperaba un muy acogedor completo turístico rural que nos sorprendió por su buena relación calidad – precio. Después del acomodo de rigor y la tensa espera por el dueño de la finca para que nos contase más “cositas” de lo que nos íbamos a encontrar el día siguiente apareció el arrendatario acompañado del guarda.
Entre cerveza y cerveza nos ponía los ojos como platos y se nos hacia la boca agua, con todo lo que contaba, sólo había una verdad irrefutable, quedaban apenas doce horas para verificar el argumento de sus películas.

Muy pronto a la cama que mañana hay que madrugar era la consigna, ni que decir tiene que sobraron los despertadores, incluso el amanecer se hacía de rogar. Tras el desayuno de rigor nos encaminamos al encuentro con el guarda que sería nuestro guía en las jornadas de caza.

El trayecto de apenas 2 km se nos hace interminable, mas aún, cuando lo que apreciamos por las ventanillas es un desfile de piezas de caza, la cosa pintaba bien , muy mala suerte teníamos que tener para que aquello saliese mal, interiormente me sentía un poco más tranquilo. Una vez cumplimentada la documentación y escuchado muy atentamente los consejos del guarda, aunque después a alguno las ansias le jugasen alguna que otra mala pasada, nos encaminamos al lugar del comienzo de la ilusión.

Poco, muy poco, poquísimo tardamos en descubrir la realidad, en cinco minutos en plenos viñedos, dos liebres abatidas, otras seis que se fueron entre las posturas e incluso alguna que otra que nos enseñaba sus orejonas desde la distancia, un perro que no regreso ya hasta medio día y otro que se volvió medio loco “nunca había olido semejante cantidad de rastros”. La mañana iba avanzando y aquello que parecía una ilusión se iba transformando en realidad, infinidad de lances, liebres, conejos, y alguna que otra perdiz valiente también se acercaba para ver si había estallado una nueva guerra mundial.

Levantes, muestras, seguimiento, disparos y fallos, sobre todo fallos. Nunca un fallo tuvo tan poca repercusión ya que no pasaban más de cinco minutos sin tener oportunidad de enmendarlo ó duplicarlo.
Así, tras peinar las tierras arcillosas de viñedos y trigales con el consabido malestar que provoca al caminar nos aproximamos a la parte de monte de encinas que tenía la finca. Ya con nuestras dudas disipadas y contentos como unas castañuelas procedíamos a dar una “manita” al monte. Aunque algo sospechábamos ni en el mejor de nuestros sueños nos podríamos imaginar lo que nos esperaba.

Caminando entre las encinas nos encontramos el “tesoro” fue aproximadamente una hora y media de constantes ladras , multitud de disparos, como decía un buen amigo “na miña vida toda” yo me inclinaría más por algo así como “orgasmo cinegético” con eso creo que queda todo dicho. Tras la comida de campo de rigor, casi por obligación, se nos había olvidado hasta comer, la tarde nos deparó la misma situación disparos y más disparos, fallos y más fallos que importaba no pasaba nada o como diría alguien el doble nada de nada.
Agotados y tras las fotos de rigor en las que se reflejaba la alfombra conejil y sobre todo las caras de satisfacción nos dirigimos a nuestros aposentos, una vez allí tras la degustación de unos buenos platos típicos salimos a conocer y saborear, unos más que otros, la noche manchega. El siguiente día más de lo mismo, ya sin la incertidumbre de lo desconocido, jornada de caza para enmarcar y no olvidar jamás, por veces querríamos que se parase el tiempo para no despertar de aquel hermoso sueño, pero otras veces aquello se volvía pesadilla con tanto y tanto conejo por medio, llegamos casi a aburrirnos de tirarles.

Resumiendo dos días de caza INOLVIDABLES en los cuales abatimos 170 piezas y disparamos más de 1000 cartuchos ( ahora entiendo porque quieren prohibir la munición de plomo)

Como no, para finalizar un recuerdo especial para todos aquellos que hicieron posible esta maravillosa aventura, primero José Luis por ponerme en el rastro perfecto, luego Juan Carlos y Mariano por facilitar con su labor, un terreno de juego perfecto...
Por último un cariñoso recuerdo a mis compañeros de aventura y como no a los grandes protagonistas de estas jornadas nuestros fieles perros.

El lunes por la mañana la cruda realidad quiso que despertásemos de aquel sueño , incluso la sabía naturaleza nos agasajo con un amanecer típicamente “gallego” suaves lloviznas y nieblas matinales que nos acompañaron hasta nuestra querida Galicia donde terminaba el sueño y comenzaba la realidad. Donde como buenos gallegos podríamos decir aquello de:

“QUE NOS QUITEN LO BAILADO”

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